Efectivamente, al ingeniero Carlos Slim se le ve entusiasmado, con confianza en el país y con esperanzas de crecimiento histórico. Desde hace años descubrió algo que en México suele provocar urticaria entre analistas financieros de escritorio y opositores profesionales. El país no se detiene porque Moody’s levante una ceja o porque Standard & Poor’s haga cara de susto.
Quién lo viera primera vez, pensaría que el hombre más rico de México es chairo, pro 4T y hasta morenista. Pero no es así, se trata de un empresario que no se pelea con su dinero y sabe adaptarse a los tiempos políticos que le tocan.
El empresario ha transitado por gobiernos priistas postrevolucionarios y neoliberales, por gobiernos prianistas de la corrupción desbocada y ahora por el humanismo mexicano de la 4T, pero todo sin necesidad de convertirse en activista político. Entiende que los gobiernos pasan, pero los negocios permanecen.
Después de por lo menos 20 años de ritual anual, ayer fue una de las pocas ocasiones a las cuales no asisto a su conferencia de prensa. Por eso tengo sentimientos encontrados. Por una parte, siento tristeza pues fue una de las más cortas y escuetas que recuerdo y por otra siento coraje pues es la primera vez que puedo escuchar de manera clara y sin rubor, halagos a un gobierno de izquierda como el de la doctora Claudia Sheinbaum.
Para muchos podría ser una muestra más de su habilidad política, pero va más allá. En el momento actual, cuando la presión injerencista de EU y las fuerzas retrogradas de la derecha vende patrias se conjugan, tener el respaldo del empresario más influyente de los últimos años debe ser muy valioso.
Slim presentó una perspectiva crítica de las políticas económicas pasadas en México, destacando un período de bajo crecimiento y mala gestión financiera. En contraste, expresa un optimismo considerable sobre el actual clima de inversión en el país, impulsado por tasas de interés favorables y el enfoque en proyectos de infraestructura.
Dijo que los “tecnócratas” con altas calificaciones de universidades estadounidenses llevaron a un crecimiento mediocre. También minimizó la preocupación de las calificadoras como Moodys y Standard & Poors por la previsión de que la deuda de México alcance el 60% del PIB para fin de año, considerándolo como algo casi “religioso” y no “muy alto” en comparación con EU o Brasil. “Es irracional esa calificación”, dijo, argumentando que si el país logra invertir y crecer, no se le debería impedir el acceso a financiamiento externo.
No se trata de que el ingeniero se haya vuelto chairo. Simplemente detectó que México atraviesa una etapa donde el capital privado y el impulso público pueden convivir. Escuchar a un multimillonario hablando de crecimiento, inversión y confianza en el país sin necesidad de anunciar el apocalipsis financiero cada noche en TV es algo refrescante para la nación.










