Ciudad de México, a 5 de marzo de 2026.- Un grupo de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) demostró que los macacos pueden aprender a sincronizar sus movimientos con el ritmo de la música, un descubrimiento que desafía la idea de que esta habilidad era exclusiva de los humanos y de algunas especies de aves. El estudio, realizado por Vani Rajendran, Hugo Merchant, Luis Prado y Juan Pablo Márquez, del Instituto de Neurobiología en el campus Juriquilla, fue publicado en la revista científica Science.
Durante décadas, los investigadores sabían que los seres humanos tenemos una capacidad especial para sincronizar nuestros movimientos con la música, algo que se expresa en actividades tan universales como bailar o seguir el ritmo con las manos o los pies. También se había observado que algunas aves, especialmente las que aprenden vocalmente, pueden hacer algo similar. Sin embargo, los primates no humanos parecían carecer de esta habilidad… hasta ahora.
Macacos que aprendieron a moverse con la música
La investigación se desarrolló durante más de tres años en el laboratorio del neurocientífico Hugo Merchant, donde se entrenó a dos macacos adultos llamados Gil y Tomás, de entre 10 y 12 años de edad. Ambos ya habían aprendido previamente a sincronizarse con el ritmo constante de un metrónomo, lo que permitió a los científicos avanzar hacia estímulos auditivos más complejos, como canciones.
Para el experimento se eligieron tres piezas musicales con tempos similares a los ritmos que los animales ya conocían: “You’re the First, the Last, My Everything”, de Barry White; “New England”, de Billy Bragg; y una obra renacentista de Josquin des Prez. Gradualmente, los investigadores sustituyeron los sonidos simples del metrónomo por sonidos cada vez más complejos hasta llegar a la música continua.
El “reloj rítmico” del cerebro
El hallazgo está relacionado con una propuesta científica conocida como la hipótesis del “Reloj Rítmico”, que plantea que el cerebro posee mecanismos internos capaces de detectar y predecir patrones rítmicos. Según los investigadores de la UNAM, este sistema puede activarse en distintos contextos, tanto perceptuales como motores.
Esto significa que aprender a reconocer ritmos con el oído puede influir en cómo se mueve el cuerpo, una relación que tiene implicaciones importantes para entender cómo el cerebro coordina el movimiento con estímulos auditivos.
Para estudiar el fenómeno con precisión, los científicos realizaron registros electrofisiológicos, es decir, midieron la actividad de neuronas individuales y pequeños circuitos neuronales mientras los macacos realizaban las tareas de sincronización.
Los animales se sentaban frente a un sistema con palancas, botones, bocinas y pantallas, y recibían pequeñas gotas de jugo como recompensa cuando lograban mantener intervalos rítmicos constantes en sus movimientos.
Descubrir el ritmo
Uno de los aspectos más interesantes del experimento es que los macacos no recibieron instrucciones sobre dónde estaba el ritmo dentro de la música. Los investigadores solo establecieron una condición: que los intervalos producidos por los animales fueran relativamente constantes.
Con el tiempo, cada macaco descubrió por sí mismo la fase rítmica dentro de cada canción, demostrando que podían identificar el pulso musical incluso cuando estaba “escondido” dentro de un sonido continuo.
Más allá de su valor científico, el estudio también tiene posibles aplicaciones médicas. Los investigadores señalan que la estimulación rítmico-auditiva con música se utiliza en terapias para pacientes con enfermedad de Parkinson, quienes suelen perder la regularidad de su caminata.
Comprender cómo el cerebro procesa el ritmo podría ayudar a explicar por qué la música mejora la movilidad en algunos pacientes, e incluso contribuir al desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas basadas en entrenamiento rítmico.Let’s Dance
El hallazgo de que los macacos pueden aprender a seguir el ritmo musical sugiere que las bases neuronales del ritmo podrían estar más extendidas en el árbol evolutivo de lo que se pensaba. Para los científicos de la UNAM, este descubrimiento abre una nueva ventana para estudiar cómo surgió en los humanos la capacidad de bailar, hacer música y sincronizarnos colectivamente.













