Por Karina Gómez
NUNKINÍ, Calkiní, Camp., a 18 de febrero de 2026.– Entre el retumbar de los cencerros y el polvo que se levanta al compás de los pasos, la tradicional Danza de los Osos llenó nuevamente de vida las calles durante las fiestas de Carnaval, reafirmándose como una manifestación cultural que trasciende generaciones y hoy se proyecta como una experiencia imperdible para quienes buscan tradiciones auténticas en el estado.
De acuerdo con la memoria oral del pueblo, el origen del traje se remonta a tiempos de hacienda, cuando los mayas utilizaban la capucha y las pieles como símbolo de resistencia y organización. Otras versiones apuntan a que la figura del oso llegó con un circo itinerante y fue adoptada hasta convertirse en tradición propia. Sin embargo, los abuelos coinciden en que el disfraz guarda un simbolismo más profundo ligado al “sip keej”, espíritu protector de los animales y guardián del equilibrio entre el ser humano y la naturaleza.

Herencia cultural
Hoy, cuando hombres y niños portan la indumentaria, no solo interpretan un personaje festivo: reviven una herencia cultural cargada de identidad. Durante los recorridos, los siete barrios se encuentran en cada esquina; familias completas salen a observar, visitantes capturan imágenes y los más pequeños imitan los pasos, fortaleciendo el tejido social a través de la convivencia.
Promotores culturales destacan que esta tradición se ha convertido en pieza clave del turismo comunitario, atrayendo a viajeros de otros municipios y estados que buscan sumergirse en la gastronomía local y en las celebraciones carnestolendas. La danza, más que espectáculo, es un puente entre pasado y presente.
Cuando cae la noche y el último cencerro se apaga, la emoción permanece. En Nunkiní nadie se despide del todo, porque saben que, al año siguiente, los osos volverán a despertar, recordando que hay tradiciones que un pueblo jamás está dispuesto a perder.













